Cuando Ptahhotep escribió sus máximas, en el Antiguo Egipto, dejó registro de cuál sería el comportamiento ideal de cada individuo para el progreso y perfeccionamiento social. Lo curioso es notar que muchas de esas máximas consisten en comportamientos sencillos, podríamos decir hasta evidentes, tales como: “Quán maravilloso es un hijo que obedece a su padre” o incluso, “Qué feliz es quien se dice: Un hijo es bondadoso cuando sabe escuchar”.
Pero ¿qué estaría detrás de esas frases que he elegido para nuestra reflexión? ¿Cuál sería la relevancia para la sociedad, en términos generales, de que un hijo aprenda a ser obediente a sus padres y prestar atención a sus enseñanzas? Creo que Ptahhotep nos brinda la señalación de la importancia de respetar las jerarquías. Cuando somos niños, nuestra familia y la forma en que se estructura moldan nuestra percepción social, es decir, la manera en que, más tarde, interactuaremos con el mundo que nos rodea.
Por lo tanto, cuando se resalta ese valor del respeto jerárquico, en otras palabras, estamos sublinando la importancia de un ordenamiento social para que la cortesía entre las personas sea garantizada y preservada. Y cuanto antes se comprenda esto, mejor será la calidad de las relaciones humanas. La comprensión del respeto al prójimo y del orden social, cuando se ponen en práctica, genera un ambiente más armonioso. En el ámbito laboral, estos preceptos son fundamentales para la excelencia y el buen funcionamiento de un equipo, por ejemplo.
Entender tu lugar en el mundo y tener claro cuánto tus acciones pueden alterar y afectar la vida de las personas que te rodean es muy importante. Veamos un ejemplo aparentemente tonto pero que ocurre frecuentemente: Orden de preferencia en los asientos de los transportes públicos. ¿Quién no ha presenciado a un joven fingiendo dormir para no tener que ceder el asiento a un anciano o una mujer embarazada? En realidad, este comportamiento no es nada tonto, porque detrás de esa actitud existe una profunda negligencia y falta de empatía hacia los demás. Es un acto egoísta y de falta de educación. Esto denota una fallo en el aprendizaje básico, lo que nos abre varias posibilidades, entre ellas, que faltó una instrucción adecuada para que ese individuo pudiera desempeñar un buen papel en la convivencia social.
En vista de esto, creo que mediante la pequeña ética del día a día, es decir, la enseñanza de la etiqueta, podemos ayudar a evitar equívocos comportamentales como estos. Cuando volveremos a dar valor a los fundamentos y poco a poco los rescatemos, la etiqueta dejará, finalmente, de ser entendida como un conjunto de normas obsoletas y volverá a ser vista como una base social fundamental para el buen funcionamiento colectivo, tal y como antiguamente la concebían personas de la importancia de Ptahhotep, Sócrates, Marco Aurélio, Erasmo de Róterdam, etc.

