El lujo también se traduce en rareza, y en eso Brasil es soberano. Tucupí, jambu, nuez de baru, vainilla del cerrado, priprioca, cumarú. Ingredientes con nombres casi poéticos que guardan secretos de la selva y encantan chefs en París, Nueva York, Tokio o Lisboa.
El potencial sensorial de estos insumos tropicales no está solo en el sabor — sino en la historia que transportan. El cumarú, por ejemplo, tiene un aroma entre vainilla y heno recién cortado, y se cosecha manualmente por comunidades amazónicas. La priprioca, además de ser un perfume de suelo húmedo y hierba fresca, durante mucho tiempo estuvo prohibida en la gastronomía hasta que la legislación cambió. Hoy, es un símbolo del nuevo lujo botánico brasileño.
El açaí se convirtió en superalimento, pero ¿qué decir del pequi, del muricí, del jenipapo? Brasil es un granero sensorial aún por descubrir. La diversidad climática y ecológica hacen del país un territorio de abundancia, donde cada bioma — Amazonia, Cerrado, Caatinga, Mata Atlántica, Pantanal y Pampa — tiene su propia paleta de sabores.
Al poner estos ingredientes en el centro de la mesa, el país no solo exporta sabores, sino también una narrativa de biodiversidad, sostenibilidad e identidad cultural. Es una forma de mostrar al mundo que el lujo no es solo lo que brilla, sino lo que tiene alma, origen y propósito.
Chefs como Alex Atala, Manu Buffara y Thiago Castanho lideran este movimiento de valoración del terroir brasileño. En sus menús, productos como setas yanomami, miel de jataí, aceite de babaçu y vinagre de umbu adquieren protagonismo y sofisticación.
Es una revolución silenciosa, pero impactante. Porque cuando un ingrediente nativo y ancestral encuentra la alta gastronomía, no solo hay innovación. Hay un reencuentro. Y ese reencuentro transforma el paladar en patrimonio.

